Misión Católica Antigua

“Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.” Ef 4,5s.

Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

+Gabriel Orellana.
Obispo Misionero
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.

whatsapp +503 74357721
+503 72215495
Email: obispo.gabriel@yahoo.com

sábado, 10 de junio de 2017

NUESTRA MISIÓN ECUMÉNICA Y KERYGMÁTICA EN LA FUERZA DEL ESPÍRITU


IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA DE EL SALVADOR +COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE+ 
ESCRITURA + ESPÍRITU + SACRAMENTOS + MISIÓN
Jurisdicción Nacional Autónoma

“Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15.)

Este mandato, que resume la misión que Cristo dio a los apóstoles, expresa también con claridad el sentido y los alcances de la misión que el Señor nos ha confiado.

“‘El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.’
Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó.
Todos los que estaban allí tenían la vista fija en él.
Él comenzó a hablar, diciendo:—Hoy mismo  se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír.”
 (Lc 4,18-21.)

El corazón de nuestra misión consiste en redescubrir, asumir, implementar y promover incansablemente a la iglesia que nació a partir de la proclamación del primer kerigma y de la vivencia y la confesión de la fe en Jesucristo; que se desarrolló en los primeros siglos del cristianismo y que se ha mantenido íntegra a través del tiempo, en la Tradición viva y en el genuino sentir de fe del Pueblo de Dios.

NUESTRA PROYECCIÓN MISIONERA.

Nuestra misión es la misma misión que el Padre le confió a Cristo y la capacidad que nos ha dado para cumplirla, es la misma capacidad que dio a los apóstoles. Las palabras del evangelio de Juan, tienen que resonar en nuestros oídos y en nuestros corazones con toda la fuerza e incidencia que lo hicieron sobre los primeros apóstoles: “Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes. Y sopló sobre ellos, y les dijo:—Reciban el Espíritu Santo.”( Jn 20,20-22) Es sentir de fe de nuestras comunidades que el Señor nos ha dado el Espíritu Santo. Eso exige que asumamos como nuestra, la misión que el Padre le dio al Señor. Y, ¿en qué consiste esta misión? Recordemos la forma como el Evangelio de Marcos la formula: “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia.”(Mc 16,15).

Se trata de ir a todas partes y de anunciar a todas las personas el evangelio, es decir, la llegada del Reino de Dios en medio de nosotros, por la efusión del Espíritu Santo

Indudablemente ante los alcances de esta misión pueden surgir interrogantes. ¿No será esto una forma de proselitismo? ¿No será faltar el respeto a los demás y obstaculizar el ecumenismo?

El testimonio que estamos llamados a dar es totalmente opuesto al proselitismo. El proselitismo es una actitud sectaria en donde se presentan las propias convicciones y la propia organización como lo único que vale, como el camino de la salvación; y, con cierta frecuencia, se atrae ofreciendo prebendas que nada tienen que ver con el mensaje anunciado y se promueven sentimientos de culpa, ansias y temores que limitan la capacidad de hacer una opción serena y libre.

Nuestro testimonio, en cambio, se dirige a la proclamación del kerigma, actualizado y hecho real en nuestra vida personal y eclesial. En la medida en que ese testimonio sea auténtico, es decir, que provenga de un corazón que realmente ha experimentado lo que proclama y que sea propuesto con toda la sencillez y la fuerza del Espíritu, producirá en quienes lo reciban, lo mismo que sucedió entre quienes escuchaban a los apóstoles; (Hech 2-4) es decir, se recibirá la iluminación interior y la capacidad de hacer un discernimiento libre. La meta del testimonio es que quienes nos escuchen crean que “Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, para que creyendo tengan vida por medio de él.”(Jn 20,30 )

Si eso les lleva a incorporarse a una de nuestras comunidades, porque descubren allí el espacio propicio para vivir la fe, no será fruto de una presión o de un condicionamiento sino del ejercicio de la propia libertad, guiada por la luz del Espíritu. El hecho de que en nuestro testimonio nos dirijamos a todos, no puede ir en contra de un genuino ecumenismo. Si quienes nos escuchan y reciben nuestro testimonio están viviendo en sus comunidades eclesiales la misma fe viva y transformadora que les proclamamos, lejos de separarse de ellas, se sentirán impulsados a comprometerse con mayor generosidad dentro de las mismas. Pero si al escucharnos descubren que lo que llamaban fe eran simplemente creencias que les mantenían en la esclavitud, en la oscuridad, el temor y la sumisión, no seremos nosotros, sino la fuerza del Espíritu, quien les atraiga y les dé la gracia para pasar de la esclavitud a la libertad; de la oscuridad  a la luz; del temor a la confianza y de la sumisión a la participación creativa. En este caso, lejos de obstaculizar el ecumenismo, estamos siendo instrumentos de que, por la comunión con el Espíritu Santo, se vaya manifestando y creciendo en la verdadera unidad de la iglesia, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu.

La realización de esta tarea implica un claro desafío para cada una de nuestras comunidades y de quienes las forman. El compromiso tiene que involucrar a todos, pues el Espíritu ha sido dado a todos y, por lo mismo, cada uno ha sido elegido y capacitado para cumplir la misión.

Prepararse para la misión y preparar el terreno en el que se debe misionar ha de ser uno de los aspectos privilegiados de empeño para todos: ministros ordenados, servidores y miembros de las comunidades. Se requiere preparación. Sobre todo la que se da una fe robusta e inquebrantable, que se va fortaleciendo y madurando a través de la oración y del ayuno y, ante la cual, no hay nada ni nadie que pueda resistir.( Mt 17,14-21; Lc 9,37-43).

Es entonces  cuando nuestro miedo inicial, similar al de Jeremías: “¡Ay, Señor! ¡Yo soy muy joven y no sé hablar!”; es transformado. Pues, al igual que el profeta llegamos a escuchar en el interior del corazón la voz del Señor que nos habla: “No digas que eres muy joven. Tú irás a donde yo te mande, y dirás lo que yo te ordene. No tengas miedo de nadie, pues yo estaré contigo para protegerte. Yo, el Señor, doy mi palabra.” Entonces el Señor extendió la mano, me tocó los labios y me dijo: ‘Yo pongo mis palabras en tus labios. Hoy te doy plena autoridad sobre reinos y naciones, para arrancar y derribar, para destruir y demoler, y también para construir y plantar’.”(Jer 1,6-10).

Por lo mismo hermanos, conscientes de la misión que el Señor nos ha confiado; sabiendo que se trata de que su iglesia una, santa, católica y apostólica resplandezca en nuestra iglesia, en cada una de nuestras comunidades y en toda la creación “gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada parecido, sino santa y perfecta”(Ef 5,27) y que “nos ha capacitado para ser servidores de una nueva alianza, basada no en una ley, sino en la acción del Espíritu”,(2Cor 3,6) tenemos que renovar nuestro compromiso y nuestra entrega, sin ahorrar esfuerzos y utilizando todos los medios que el Señor ponga a nuestro alcance.

Que Santa María, la llena de gracia;(Lc 1,28)  y a quien Cristo dejó como madre de la nueva creación,(Jn 19,26) interceda por nosotros para que, asumiendo una actitud como la suya,(Lc 1,38) respondamos a la elección que el Señor nos ha hecho y cumplamos con fidelidad la misión que nos ha confiado. En el nombre del Señor, les reitero una vez más a que, sin retrasos, sin ambigüedades, sin miedo, sabiendo que “la noche está muy avanzada, y se acerca el día; revestidos de la luz,  como un soldado se reviste de su armadura”(Rom 13,12 ) “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia.” (Mc 16,15).


EL COMPROMISO POR VIVIR LA UNIDAD DE LA IGLESIA.

Padre: “Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa: yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y que así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste, y que los amas como me amas a mí.”( Jn 17,21-23).   

Estas palabras del evangelio de Juan, nos indican con toda claridad en donde se encuentra el fundamento de la unidad de la iglesia y el dinamismo que ésta tiene. La fe cristiana unánimemente proclama que el estar del Padre en el Hijo y del Hijo en el Padre es fruto de la acción del Espíritu Santo. Por eso, tenemos que entender que al afirmarse que a los creyentes Cristo les da “la misma gloria” que recibió del Padre, para poder llegar a ser perfectamente uno, se está refiriendo a la presencia dinámica del Espíritu Santo que ha sido derramado en sus corazones para constituirse en la base de la unidad eclesial. 
                                            
Pablo igualmente insiste en que la unidad de la iglesia se fundamenta en el Espíritu, que es el que capacita para que ésta se exprese dentro de la comunidad: “Mantengan la unidad que proviene del Espíritu Santo, por medio de la paz que une a todos. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu.” (Ef 4,3-4).  Tanto en Juan como en Pablo, sin embargo, la unidad implica un proceso dinámico: se trata de llegar a ser “perfectamente uno.” (Ef 2,21-22; Jn 17,23) Ese proceso de crecimiento en la unidad es fruto del crecimiento que se va dando en la “vida en el Espíritu Santo”. De allí que asumir e ir creciendo en la unidad que Cristo quiere para la iglesia implica el compromiso incansable de conversión, para que la vida de Cristo, por medio del Espíritu Santo, vaya siendo cada vez más la vida de cada miembro de nuestra iglesia y de cada comunidad, hasta que lleguemos a poder afirmar, tanto personal como comunitariamente, junto a Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí.”(Gal 2,20) En la medida en que vamos creciendo en la vida en el Espíritu, no solo nos vamos uniendo más profundamente a Cristo, cabeza de la iglesia, sino también nos vamos identificando más profundamente con cada uno de los miembros del cuerpo; tanto de aquellos que se reconocen activamente dentro del mismo, como de quienes, por diversas razones, están alejados o incluso ignoran o rechazan su existencia.  Por lo mismo, nuestra fe en que la iglesia es una, conlleva la exigencia de que cada miembro, cada comunidad y cada instancia organizativa de la iglesia nos comprometamos a poner todos los medios a nuestro alcance para ir creciendo en la vida en el Espíritu. El resultado de ello tendrá que ser el experimentar que, efectivamente, estamos caminando para “llegar a ser perfectamente uno”. Y, este crecimiento en la unidad no se limitará al ámbito de nuestra organización eclesial sino, progresivamente, nos llevará a reconocer y a experimentar la comunión viva y la unidad con todo ser humano y con toda la creación


REDESCUBRIR E IMPLEMENTAR LA CATOLICIDAD.

“Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús.”(Lc 24, 31-31)

Es en el momento de la Fracción del Pan o Eucaristía cuando la presencia del Señor glorioso y transformador de los corazones es reconocida en medio de la iglesia local. Las comunidades, diseminadas por muchas partes del orbe e iluminadas por la Palabra, encontraban en la celebración sacramentalel medio para reconocerse en comunión con el cuerpo total de Cristo, es decir, con la iglesia universal –católica– y para recibir la efusión del Espíritu Santo, capaz de disipar sus dudas y su decepción, (Lc 24,21 70) de alejar sus temores (Lc 24,29) y de convertirse en testigos intrépidos de la resurrección.(Lc 24,33-35)

Es por la celebración Eucarística como la presencia de Cristo se hace eclesialmente eficaz y como el Espíritu, también en forma comunitaria, va guiando a la iglesia y proveyéndola de abundantes carismas y como la catolicidad se convierte en una experiencia eclesial. Dentro de la Tradición cristiana primitiva se va reconociendo progresivamente que para la celebración de ciertos sacramentos –específicamente la Eucaristía, la Reconciliación, la Unción de enfermos y la Confirmación– es necesaria la presidencia de un ministro ordenado, presbítero u obispo. La razón que explica esta exigencia –que se mantiene inalterada en todas las iglesias católicas hasta nuestros tiempos–, es la convicción de que para poder celebrar dichos sacramentos es indispensable que, de alguna forma, esté presente y actuando sacramentalmente la totalidad de la iglesia, cuerpo de Cristo.

través del sacramento del orden es como se realiza esta presencia sacramental de la totalidad del cuerpoPor medio de la ordenación sacramental, el ministro ordenado –presbítero u obispo, según sea el caso–, recibe la capacidad de conectar misteriosamente a cada comunidad local que celebra los sacramentos, con la totalidad del cuerpo de Cristo, garantizando y actualizando, de tal manera, su catolicidad. Esto también explica porqué, en la tradición genuinamente católica, se reconocerá el carácter plenamente sacramental del orden sagrado y cómo, al perder este sentido del ministerio, para reconocerle simplemente como una función pastoral delegada por la comunidad local, se pierde también el sentido sacramental de la catolicidad.

Este don conferido al obispo y al presbítero, sin embargo, no es  un privilegio personal sino un carisma ministerial en y para la comunidad eclesial; por lo  que ejercido al margen de ésta, pierde su sentido sacramental y su eficacia. “Hay un solo cuerpo  y un solo Espíritu, así como Dios los ha llamado a una sola esperanza. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos. Pero cada uno de nosotros ha recibido los dones que Cristo le ha querido dar. Así preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo.”(Ef 4, 4-7.12)  Este texto no lo podemos entender reducido únicamente a quienes se reconocen ya como parte activa del cuerpo de Cristo, sino abarca a la totalidad de la creaciónEl cuerpo de Cristo, de una forma misteriosa, incluye a toda la humanidad y, por medio del Espíritu Santo, actúa en todo: he aquí otra de las implicaciones que tiene la afirmación de que la iglesia es católica. Sin embargo, esa catolicidad de la iglesia, establecida por la muerte y resurrección de Cristo y por la efusión del Espíritu Santo, está orientada a expresarse en todo el mundo. Por eso, en la segunda parte del texto mencionado se afirma que el Señor prepara a los miembros de su pueblo santo –con carismas–, para el servicio de edificación del cuerpo de Cristo.  Esto tiene consecuencias prácticas de relevancia en lo que se refiere a nuestras relaciones internas y a nuestra organización eclesial. Una comunidad auténticamente católica, tiene necesariamente que constituirse como “espacio” en el que cada uno de sus miembros es reconocido con sus características e identidad específicas y en el que se abren oportunidades para que cada quien descubra, desarrolle y ejerza los dones específicos que ha recibido del Señor, para la edificación de la comunidad.

Esto exige que nos cuestionemos acerca de muchos prejuicios culturales y religiosos que tienden a marginar –o incluso a excluir– a las minorías, de cualquier tipo que estas sean. Una comunidad genuinamente católica tiene que estar abierta a acoger la participación y la expresión de cada persona y de cada categoría de personas; especialmente los que, por cualquier causa, puedan considerarse más vulnerables a la marginación y a la exclusión. Mujeres, jóvenes, niños, grupos especiales…: a todos se les debe reconocer la posibilidad de involucrarse creativamente en la edificación de la comunidad. Desde una actitud genuinamente católica, la diversidad y el pluralismo no solo no son fuente de desorden ni de división sino sirven para que se exprese y consolide la auténtica unidad. Finalmente la actitud de genuina catolicidad implica asumir la conciencia de que se es enviado como testigo del Reino a toda persona y realidad.  Yendo sin concepciones preconcebidas y sin la pretensión de tener la verdad y de llevarla a quienes aún no la han encontrado, la actitud genuinamente católica es la que es capaz de reconocer que el “Dios y Padre de todos, está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos”, por lo que  la misión consiste, ante todo, en reconocer y venerar con fascinación y humildad esa presencia de Dios en cada persona y realidad. Es desde esa actitud de aprecio y respeto, como se anima a que, quienes aún no han descubierto que ya tienen la presencia viva de Dios, se abran a la fe y al testimonio del Espíritu de Cristo en sus vidas. Es en esta actitud de catolicidad, la que se expresa en la bienaventuranza: “Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios.” ( Mt 5,8).  

LA APOSTOLICIDAD COMO CONTINUIDAD CON LA VIDA Y TESTIMONIO DE LOS APÓSTOLES.

Todos los creyentes “eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles.”( Hech 2,42 )

la enseñanza consistía fundamentalmente en la oración y el testimonio: “Nosotros seguiremos orando y proclamando el mensaje de Dios.” (Hech 6,4) Contrariamente a lo que con frecuencia se ha tendido a pensar, la apostolicidad de la iglesia no puede ser reducida a la supuesta correspondencia doctrinal y a la pretendida continuidad histórico-ritual con los apóstoles.

Sin ignorar estos elementos, la apostolicidad consiste ante todo, en la continuidad con el estilo de vida de los apóstoles, que se describe como “seguir orando” y con el testimonio que dieron, que implica la proclamación del Evangelio de que el Reino ha llegado hasta nosotros. La oración en el contexto que es referida a los apóstoles, no puede ser considerada como una actividad sino como una actitud. No se trata de los “rezos” que más o menos frecuentemente y de forma más o menos prolongada pudieran hacer. Se refiere a la “comunión” constante e ininterrumpida con el Señor resucitado, por medio del Espíritu Santo.  El testimonio es consecuencia de la experiencia de oración. El evangelio no es una doctrina y el Reino de Dios que se proclama no se refiere al anuncio de una utopía. El evangelio consiste en el testimonio de que, por la acción del Espíritu, el Señor resucitado vive realmente en medio de su pueblo, al que pastorea y sostiene en medio de las tormentas cotidianas.

El testimonio de que el Reino de Dios ha llegado se fundamenta en la experiencia compartida de que se ha “recibido el Espíritu que nos hace hijos de Dios; y por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: “¡Abbá! ¡Padre!”; y este mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio  de que ya somos hijos de Dios; y puesto que somos sus hijos, también tenemos parte en la herencia que Dios nos ha prometido.”(Rom 8,14-17) Como resultado de la experiencia de la llegada del Reino, se logra reconocer que “ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. De manera que, tanto en la vida como en la muerte, del Señor somos.” (Rm 14,7-8 ) Si el testimonio apostólico tiene la eficacia que se nos presenta en los escritos del Nuevo Testamento es porque no consiste en la predicación de ocurrencias ni sistemas doctrinales sino en la proclamación algo que es real, accesible y experimentable por todos los que llegan a la fe.
                                             
Por eso para nosotros la conciencia de que nuestra iglesia es “apostólica nos debe llevar a asumir una actitud de vida personal y comunitaria y un estilo de ministerio misionero acorde al de los apóstoles. En medio de los avatares de la vida, se trata de mantener una constante actitud contemplativa. Como el árbol que entre más alto y vistoso es ante el mundo, más profundamente hunde sus raíces en las entrañas de la tierra; así también la fidelidad a la apostolicidad requiere que, entre mayor sea la responsabilidad que se recibe, más profundamente tengamos que arraigarnos en la comunión con el Señor resucitado y con su cuerpo, por la acción del Espíritu. Y el testimonio apostólico tiene que ser la expresión de la experiencia personal y eclesial de la realidad del Evangelio y de la presencia eficaz del Reino entre nosotros. Presupuesta la continuidad vivencial y testimonial con las enseñanzas de los apóstoles, no podemos tampoco olvidar la importancia de asumir, dinámica e integralmente, los elementos que la tradición ha considerado como identificadores comunes de la permanencia en la apostolicidad: el asumir íntegramente los Símbolos Ecuménicos de Fe como expresión común de la fe que profesamos; y el mantener nuestra conexión histórica con los orígenes, a través de cuanto comúnmente es reconocido como Sucesión Apostólica ininterrumpida, a través del ministerio del obispo y de los presbíteros.


Iglesia Católica Antigua Comunidad Ecuménica de Fe
Jurisdicción Nacional Autónoma
PALABRA + ESPÍRITU + SACRAMENTO + MISIÓN
+ Gabriel Orellana.
Obispo 
¡Ay de mí si no predico el Evangelio! 1 Co 9,16b.
.
E-mail: obispo.gabriel@yahoo.com
Whatsapp: +503 74357721

jueves, 8 de junio de 2017

SOBRE DOCTRINA Y SACRAMENTOS DE LA COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE

IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA + COMUNIDAD ECUMÉNICA DE FE
PALABRA + ESPÍRITU + SACRAMENTO + MISIÓN
Jurisdicción Nacional Autónoma
EL SALVADOR, C.A.


 SOBRE LA FE CATÓLICA EN GENERAL

1.       La IGLESIA CATÓLICA ANTIGUA profesa firme e íntegramente la fe católica, como está testimoniada en la Sagrada Escritura, en los Credos Apostólico y Niceno-Constantinopolitano, en los siete primeros Concilios Ecuménicos y en la Tradición de la Iglesia indivisa.

2.       Por lo mismo, con San Vicente de Lérins afirmamos que: “Reconocemos como fe verdadera y específicamente católica, aquello que ha sido creído por todos, en todas partes y en todos los tiempos”.

3.       Todos los demás postulados doctrinales, creencias y prácticas, que son aceptados por otras IGLESIAS LOCALES o por los fieles de nuestra iglesia, con tal que no sean contrarios a la fe católica, no son vinculantes para nadie y, por lo tanto, las consideramos como creencias y devociones privadas.


SOBRE LA IGLESIA

1.       Reconocemos que la IGLESIA LOCAL es la realidad visible y sacramental en la que se hace presente la totalidad de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, fundada por Jesucristo.

2.       Por IGLESIA LOCAL entendemos al Pueblo de Dios que se organiza como comunión de comunidades que:
                a. Profesa la fe de acuerdo al testimonio de las Sagradas Escrituras y del Credo o Símbolos Ecuménicos.
                b. Que celebra la liturgia a través de la oración y de la vida sacramental, alcanzando su culmen en la celebración                 de la Eucaristía.
                c. Que da testimonio del Evangelio como fruto de la experiencia de los dones del Espíritu que dan la vida nueva                 y la capacidad de amar.
                d. Que reconoce como signo visible de su unidad al obispo que la preside en forma sinodal, junto al presbiterio,                 con la participación de todo el pueblo de Dios;
                e. Que, a través del obispo, se encuentra en comunión con otras iglesias locales.


SOBRE LA SACRAMENTALIDAD DE LA IGLESIA EN GENERAL Y LA ADMINISTRACIÓN DE LOS SACRAMENTOS.

1.       Aceptamos y administramos los Sacramentos del Bautismo, de la Confirmación, de la Eucaristía, de la Reconciliación, de la Unción de los Enfermos, del Orden Ministerial y del Matrimonio.
2.       Consideramos, en consonancia con la Tradición de la Iglesia indivisa, que la validez y eficacia de cada uno de los sacramentos es participación y expresión de la sacramentalidad de toda la Iglesia.
3.       Creemos que es en la Iglesia local en donde esta sacramentalidad se expresa, la administración de los sacramentos encuentra su verdadero significado y eficacia únicamente cuando se administran dentro y para la edificación de la iglesia local.
4.       Creemos que cada Provincia Eclesial tiene la facultad de determinar su propio ritual para la celebración de los sacramentos, de acuerdo a la situación y contexto cultural en que se viva, con tal que:
                a. Se mantengan íntegros todos los elementos considerados como esenciales para la celebración válida de los                 mismos, de acuerdo a la tradición católica, tanto ortodoxa como latina.
                b. Se evite cuidadosamente introducir elementos ambiguos, para no caer en ninguna forma de sincretismo y                 mantener íntegra la tradición cristiana.
5.       Reconocemos como ministros que válidamente pueden administrar los sacramentos los siguientes:
                a. Para el Bautismo: son ministros ordinarios el obispo, el presbítero y el diácono. Es                               ministro extraordinario, en caso de grave necesidad, cualquier fiel cristiano.
                b. Para la Confirmación: es ministro competente únicamente el obispo.
                c. Para la Reconciliación: son ministros competentes únicamente el obispo y el presbítero.
                d. Para la Eucaristía: son ministros competentes únicamente el obispo y el presbítero.
                e. Para la Unción de los Enfermos son ministros competentes únicamente el obispo y el                         presbítero.
                f. Para el Orden Ministerial: es ministro competente exclusivamente el obispo.
                g. Para el Matrimonio: los ministros son los mismos contrayentes que expresan su consentimiento matrimonial; aunque para que éste sea expresado válidamente se requiere la presencia de testigos. Son testigos oficiales el obispo, el presbítero y el diácono. En casos extraordinarios, ante la imposibilidad de la presencia de un ministro ordenado por un tiempo prolongado, dos fieles pueden ser testigos para que el consentimiento matrimonial sea expresado válidamente.

SOBRE LA EUCARISTÍA.

1.       Reconocemos en la Eucaristía el centro y culmen del culto de la Iglesia.
2.       En su celebración la iglesia local se actualiza y se realiza como presencia sacramental de la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
3.       Creemos firmemente que por la acción del Espíritu Santo, dentro de la celebración Eucarística presidida por el obispo o un presbítero, a través de la Anámnesis y la Epíklesis el pan y el vino se transforman sacramental, real y efectivamente en el cuerpo y la sangre de Jesucristo.
4.       Confesamos que aunque Cristo se ofreció, de una vez para siempre, como sacrificio expiatorio para toda la humanidad en el ara de la cruz, sin embargo la Eucaristía es verdadero sacrificio, porque en ella el único sacrificio de Cristo no solo se conmemora sino se actualiza y, por la acción del Espíritu Santo, el Reino de Dios se hace presente y la nueva creación de amor y comunión, se va manifestando en la historia y en la vida de nuestras comunidades.

SOBRE EL SACRAMENTO DEL ORDEN.

1.       El sacramento del orden se articula en tres grados: diaconado, presbiterado y episcopado.
2.       Es indispensable haber sido ordenado en el grado inferior, para poder recibir válidamente el grado superior del sacramento del orden.
3.    En consonancia con la tradición milenaria de la Iglesia indivisa, reconocemos que los cristianos varones CASADOS y en excepciones célibes, pueden ser válidamente ordenados como diáconos, presbíteros y obispos.


SOBRE EL CONCEPTO INTEGRAL DE SUCESIÓN APOSTÓLICA.

1.       Es nuestra intención reconocer y asumir plenamente el concepto aceptado por la Tradición Apostólica y vivido por la Iglesia indivisa durante el primer milenio a este respecto.
2.       Por lo mismo, creemos que es desde la IGLESIA LOCAL, como Pueblo de Dios,2 que se estructura en forma sinodal y participativa3, con diversidad de carismas y ministerios, entre los que se encuentra el ministerio ordenado, compuesto por diáconos, presbíteros y el obispo, que tenemos que llegar a entender los alcances, el ejercicio y la transmisión de la sucesión apostólica.
3.       El ministerio ordenado nunca se puede comprender como algo que está encima de la comunidad sino como un don que, concedido por el Espíritu Santo,4 es reconocido por la comunidad5 y está al servicio y para la edificación de ésta.6
4.       De esto resulta que la capacidad ministerial proveniente de la ordenación diaconal, presbiteral o episcopal, no se puede ejercer como poder o privilegio personal en forma autónoma y, hasta cierto punto, arbitraria; sino que su validez sacramental está subordinada a que se ejerza dentro de un contexto eclesial que refleje cuanto se testimonia en el Nuevo Testamento y se realizó en la Iglesia primitiva.
5.       En el caso de la transmisión de la sucesión apostólica al ordenar a un obispo, es indispensable:
                a. Que el candidato haya sido elegido sinodalmente por el Pueblo de Dios y por el presbiterio que constituyen                 una iglesia local legítimamente constituida y reconocida, para presidirla, apoyarla en su vida de fe y ser vínculo                 de comunión con otras iglesias locales.
                b. Que el obispo primado, junto a los demás obispos que constituyen la Provincia Eclesial en donde se encuentra                 la iglesia local, ratifiquen la elección legítimamente hecha por la iglesia local.
                c. Que el colegio de obispos que ratificó la elección proceda a la consagración episcopal, de acuerdo al ritual                 legítimamente aprobado por dicha provincia eclesial.
                d. Que en el ritual de consagración se mantenga íntegro cuanto se refiere a la imposición de las manos, a la                 oración consagratoria y a los otros elementos considerados como esenciales por la tradición católica, tanto                 ortodoxa como latina.
                e. Toda consagración episcopal hecha fuera del contexto eclesial integral presentado en los cuatro incisos                 precedentes, deberá ser discernida y regularizada (re-ordenación “bajo condición”) para ser reconocida su    validez sacramental.

2 Cf. Ro 1,6-7; 1Cor 1,2; Ap 21,3
3 Cf. Hch 15,6-22.
4 Cf. Hch 20,28
5 Cf. 1 Tim 4, 14; Hch 1,12-26
6 Cf. Ef 4,11-13

SOBRE EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO.

1.       Reconocemos que el sacramento del matrimonio es la alianza pública y solemne que se establece entre un varón y una mujer.
2.       La alianza matrimonial tiene la finalidad de establecer la comunión de vida exclusiva y permanente entre los cónyuges, con vistas a formar una familia.
3.       El sacramento del matrimonio se celebra a través del consentimiento mutuo de los cónyuges, manifestado legítimamente y confirmado por la efusión del Espíritu Santo.



SOBRE LA COMUNIÓN DE LA IGLESIA LOCAL CON OTRAS IGLESIAS.

1.       Consideramos que como fruto de su dimensión católica, toda IGLESIA LOCAL, manteniendo su necesaria autonomía proveniente de su apostolicidad, está llamada a estar en comunión orgánica e interdependencia con otras iglesias locales.
2.       Cada Iglesia Local, debe tener como preocupación y meta alcanzar la unidad ecuménica de todas las iglesias locales. Para esto, es indispensable que se mantenga una sensibilidad ecuménica y se emprendan iniciativas que promuevan el diálogo y conduzcan a alcanzar la unidad visible y orgánica, capaz de reflejar y testimoniar la unidad fundamental e inquebrantable que, por la acción del Espíritu Santo, existe en la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.







+Gabriel Orellana
Obispo
Comunidad Ecuménica de Fe
Palabra + Espíritu + Sacramento + Misión
Whatsapp: +503 74357721

martes, 30 de mayo de 2017

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO


Por Emiliano JIMÉNEZ
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA
1. AMOR PERSONAL DE DIOS
La Iglesia, en el Concilio de Constantinopla (381) confesó que el Espíritu Santo es Señor, es decir, ser divino; que no sólo es don, sino dador de vida, y que con el Padre y el Hijo debe ser adorado y glorificado. Esta fe la expresa el Credo Niceno-constantinopolitano, diciendo:
Creemos en el Espíritu Santo, 
Señor y dador de vida, 
que procede del Padre, 
que con el Padre y el Hijo recibe 
una misma adoración y gloria.
El Credo bautismal tiene desde el comienzo estructura trinitaria. San Justino ya dice que sobre el neófito, arrepentido de sus pecados, «se invoca el nombre del Padre y Señor del universo» ; y «el iluminado es lavado también en el nombre de Jesucristo, que fue crucificado, y en el nombre del Espíritu Santo, que por medio de los profetas nos anunció todo lo referente a Jesús»1. Por ello, como dirá San Basilio:
A quien confiese a Cristo, pero reniegue de Dios, le aseguro que no le servirá de nada. De igual modo, vana es la fe de quien invoca a Dios pero rechaza al Hijo; siendo vacía también la fe de quien rechaza al Espíritu, creyendo en el Padre y en el Hijo, pues esta fe no existe si no incluye al Espíritu. En efecto, no cree en el Hijo quien no cree en el Espíritu, ya que «nadie puede decir Jesús es el Señor si no es en el Espíritu Santo» (1 Cor 12,3); se excluye, pues, de la verdadera adoración, pues no se puede adorar al Hijo si no es en el Espíritu Santo, como no es posible invocar al Padre sino en el Espíritu de adopción (Gál 4,6; Rom 8,15)... Nombrar a Cristo es confesar al Dios que le unge, al Cristo que es ungido y al Espíritu que es la unción misma (He 10,38; Le 4,18; 1 Cor 1,22-23)... Se cree en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, así como se es bautizado «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santos (Mt 28,19; Didajé 7,3)2.
Esta fórmula trinitaria del Símbolo, en lo referente al Espíritu Santo significa que la fe de la comunidad cristiana ha confesado desde el comienzo al Espíritu Santo como quien ilumina y guía a la Iglesia al conocimiento de la verdad plena de Jesucristo; el Espíritu Santo ya había actuado en los profetas, anunciando al Salvador; se manifestó en toda la vida de Cristo; y, una vez resucitado y exaltado Cristo a los cielos, es derramado sobre la Iglesia e infundido en el corazón de los creyentes para actualizar e interiorizar la obra redentora de Cristo. El Espíritu Santo nos hace, pues, partícipes de la divinidad, da eficacia a los sacramentos de la Iglesia y así es el Espíritu dador de vida y autor de toda santificación... Por ello, San Ireneo afirma: «Si el Espíritu Santo diviniza, es porque es Dios».
En su actuación con nosotros, Dios nos descubre su ser íntimo y eterno. Dios se muestra en su actuar salvífico como es en sí. Así como el Padre es el origen y la fuente del Hijo, y todo lo que El es lo da al Hijo, así también el Padre y el Hijo -o el Padre por el Hijo (AG, n. 2)- dan la plenitud de vida y el ser divino al Espíritu Santo. Así, pues, como el Espíritu Santo respecto del Padre y del Hijo es puro don, puro recibir, así es para nosotros el DON del Padre y del Hijo, haciéndose para nosotros fuente de la que brota la vida y dispensador perenne -manantial- de vida.
También creemos en el Espíritu Santo, el cual procede del Padre (Jn 15,26) pero no es su Hijo; reposó sobre el Hijo (Jn 1,32) pero no es su Padre; recibe del Hijo (Jn 16,14) sin ser por ello Hijo suyo. Es el Espíritu del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, una de las Personas divinas. Si no fuera Dios, no tendría un templo, como aquel del que habla el Apóstol: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1 Cor 6,19; 3,16). No es la criatura sino el Creador quien debe tener un templo. ¡Lejos de nosotros ser templo de una criatura! (1 Cor 6,15s). Pues «el templo de Dios es santo, y vosotros sois ese templos (1 Cor 3,17s). ¿Cómo, pues, podrá no ser Dios quien tiene un templo? ¿Cómo puede ser menor que Cristo quien a sus miembros tiene por templo? ¿No sería insensato y sacrílego afirmar que los miembros de Cristo son templo de una criatura inferior a Cristo? (1 Cor 6,15). Si, pues, los miembros de Cristo son templo del Espíritu Santo, es preciso que le rindamos el culto de latría debido a Dios. De ahí que consecuentemente añada Pablo: «¡Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo!» (1 Cor 6,20)... El Padre es el Padre del Hijo; el Hijo es el Hijo del Padre; el Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo. Cada uno de ellos es Dios y la Trinidad es un solo Dios. ¡Dejad que esta fe penetre en vosotros, para que ella anime vuestra confesión! Al escuchar estos misterios, creedlos para entenderlos, porque más adelante podréis entender realmente lo que ahora creéis3.
El Espíritu Santo es la fuerza que inspira y crea la nueva vida y la transformación del hombre y del mundo, quien con su presencia «renueva la faz de la tierra». Con gran belleza lo expresa el conocido himno Ven¡ Creator Spiritus, del siglo IX:
Ven, Espíritu Creador, 
Visita nuestra mente; 
llena de tu amor 
el corazón que has creado.
Oh dulce Consolador, 
Don del Padre altísimo, 
agua viva, fuego, amor, 
Santo Crisma del alma.
Dedo de la mano de Dios, 
Promesa del Salvador, 
derrama tus siete dones, 
suscita en nosotros la Palabra.
Se luz del intelecto, 
llama ardiente en el corazón, 
sana nuestras heridas 
con el bálsamo de tu amor.
Defiéndenos del enemigo, 
danos el don de la paz; 
tu guía invencible 
nos preserve del mal.
Luz de eterna sabiduría, 
desvélanos el gran misterio 
de Dios Padre y del Hijo, 
unidos en un solo Amor.

2. ESPIRITU DE CRISTO
La venida de Cristo y sus obras estuvieron acompañadas siempre por la acción del Espíritu. Concebido en el seno de María por el Espíritu Santo; se posa sobre El en el bautismo (Jn 1,10), está sobre El en la predicación (Lc 4,16-21), en su lucha contra los demonios (Mt 4,1; 12,28; Lc 11,20), en su entrega a la cruz (Heb 9,14) y en su resurrección (Rom 1,4; 8,11). Jesús es Cristo, el Ungido por el Espíritu.Ante el pesimismo que vive Israel, por la falta del Espíritu, que en otros tiempos se manifestaba con fuerza en los profetas, Juan Bautista anuncia el inminente derramamiento del Espíritu: «Yo os bautizo con agua, pero El os bautizará con Espíritu y fuego» (Mt 3,11; Lc 3,16).
Jesucristo posee el Espíritu en tal plenitud que es fuente de Espíritu: lo da como don de Dios a los Apóstoles y lo envía a su Iglesia (He 1,5; 2,32-32): «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo, pues la promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos: para cuantos llame el Señor Dios nuestro» (He 2,38-39). Es más, «de quienes crean en Cristo brotarán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en El. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-38).
Como Espíritu de Jesús, tiene la misión de traer a la memoria todo lo que Jesús dijo e hizo, para llevarnos así a la verdad plena (Jn 14,26; 16,13-14); sólo por el Espíritu lograrán entender los discípulos lo que les había dicho Jesús (Jn 12,16; 13,7). Recordar quiere decir volver a pasar algo por el corazón:
«La tradición de la Iglesia va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón (Lc 2,19-51), cuando comprenden internamente los misterios que viven...; así, el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia y, por ella, en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos incesantemente la palabra de Cristo (Col 3,16). (De¡ Verbum,n.8)
El Espíritu desciende tras la ascensión de Jesús a los cielos. Es Jesús quien lo envía de parte del Padre (Jn 15,26; 16,7). Gracias al Espíritu, Jesucristo permanece en la Iglesia y está presente en el mundo (2 Cor 3,17). Por ello es llamado «Espíritu de Jesucristo» (Rom 8,9; Filp 1,19), «Espíritu del Hijo» (Gál 4,6) o también «Espíritu del Señor» (2 Cor 3,17). Se comprende, pues, que «nadie, hablando por influjo del Espíritu de Dios pueda decir ¡Jesús es anatema! Y nadie pueda decir ¡Jesús es el Señor! si no es por influjo del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3).
El Espíritu es el Paráclito: defensor, consolador, abogado, consejero, mediador, espíritu de verdad (Jn 14,17; 15,26; 16,13). Como Paráclito, el Espíritu Santo prolonga la obra de Cristo con sus discípulos en la tierra; de aquí que sea llamado otro Paráclito (Jn 14,16). Jesús sigue en el reino de los cielos su misión de Paráclito (1 Jn 2,1)4.
En el peregrinar de la Iglesia por el mundo a lo largo del tiempo, el Espíritu Santo sigue «guiándola hasta la verdad completa y desvelando lo que ha de venir» (Jn 16,13), «pues nadie conoce la profundidad de Dios sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2,11). Así hace presente y actual a Jesucristo en todos los tiempos. Se puede decir con R.E. Brown que «los cristianos de última hora no quedan más lejos del ministerio de Jesús que los de la primera, pues el Paráclito está con ellos tanto como estuvo con los testigos presenciales. Al mismo tiempo, recordando y confiriendo nuevo sentido a lo que dijo Jesús, el Paráclito guía a cada una de las nuevas generaciones ante las circunstancias cambiantes, pues interpreta las cosas que van viniendo»5.

3. ESPIRITU SANTO: DON DE CRISTO A LA IGLESIA
Esta es la obra del Espíritu Santo en la Iglesia, donde El actúa como dador de vida y de toda gracia, operando la santificación de los creyentes y distribuyendo sus dones en la comunidad:
La predicación de la Iglesia fundamenta nuestra fe. Hemos recibido ésta de la Iglesia y la custodiamos mediante el Espíritu de Dios, como un depósito precioso contenido en un vaso de valor, rejuveneciéndose siempre y rejuveneciendo al vaso que la contiene. A la Iglesia, pues, le ha sido confiado el don de Dios (Jn 4,10; 7,37-39; He 8,20), como el soplo a la criatura plasmada (Gén 2,7), para que todos los miembros tengan parte en El y sean vivificados. En ella Dios ha colocado la comunión con Cristo, es decir, el Espíritu Santo, arra de la incorruptibilidad (Ef 1,14; 2 Cor 1,22), confirmación de nuestra fe y escala de nuestra ascensión a Dios (Gén 28,12), pues está escrito que «Dios colocó en la Iglesia apóstoles, profetas y doctores» (1 Cor 12,28) y todo el resto de la operación del Espíritu (1 Cor 12,11). De este Espíritu se excluyen cuantos, no queriendo acudir a la Iglesia, se privan ellos mismos de la vida por sus falsas doctrinas y sus malas acciones. Pues donde está la Iglesia, allí también está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí también está la Iglesia y toda gracia. Ahora bien, el Espíritu es la verdad (Jn 14,16; 16,13; 1 Jn 5,6). De ahí que quienes no participan de El, no se nutren de los pechos de la Madre, para recibir la vida6.
Tan unido está el Espíritu Santo a la Iglesia que en el Credo apostólico, en su forma más antigua recogida por la Tradición apostólica de Hipólito, los une en la tercera pregunta que se hacía al neófito antes del bautismo: «¿Crees en el Espíritu Santo en la Iglesia?»7.
Cristo, el Esposo divino, hace a la Iglesia, su Esposa, el gran regalo de su Espíritu, para que lleve a la consumación su obra en ella. En efecto:
Terminada la obra que el Padre había encomendado al Hijo realizar en la tierra (Jn 17,4), fue enviado el Espíritu Santo, el día de Pentecostés, para que santificara constantemente a la Iglesia y de este modo tuviesen acceso al Padre los creyentes por Cristo en un solo Espíritu (Ef 2,18). El es el Espíritu de vida o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna (Jn 4,14; 7,38-39), por medio del cual el Padre vivifica a los hombres que estaban muertos por el pecado hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo (Rom 8,10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo (1 Cor 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos (Gál 4,6; Rom 8,15-16.25). A esta Iglesia, a la que introduce en toda verdad (Jn 16,13) y unifica en la comunión y el ministerio, la instruye y dirige mediante los diversos dones jerárquicos y carismáticos y la adorna con sus frutos (Ef 4,11-12; 1 Cor 12,4; Gál 5,22). Rejuvenece a la Iglesia con el vigor del Evangelio y la renueva perpetuamente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (Ap 22,17). Así la Iglesia universal se nos presenta como «un pueblo reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»8.
El Espíritu Santo hace presente a Cristo en el tiempo y comunicable su salvación. El actualiza e interioriza en los creyentes la salvación que Cristo realizó de una vez para siempre. Como Jesús es el Cristo, el Ungido por el Espíritu Santo, nosotros somos cristianos en cuanto discípulos de Cristo y en cuanto ungidos por el mismo Espíritu, participando de la unción de Cristo:
Salidos del baño bautismal, somos ungidos con óleo bendecido, en conformidad con la antigua praxis, según la cual los elegidos para el sacerdocio eran ungidos con óleo, derramado por aquel cuerno con el que Aarón fue ungido por Moisés (Ex 30,30; Lv 8,12), por lo que se llamaban Cristos, es decir, Ungidos, ya que el vocablo griego «chrisma» significa unción. También el nombre del Señor, es decir, Cristo, tiene la misma derivación9...
Ya en el envío de Jesús a los apóstoles está el mandato de «hacer discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). En el bautismo, el creyente recibe una participación en la vida y en la comunidad de Dios, es decir, se une de tal modo a Dios que, lleno del Espíritu Santo, se hace hijo de Dios10.
Separar al Espíritu del Padre y del Hijo es peligroso para el bautizante e ineficaz para el bautizado. Fe y bautismo son dos modos de salvación ligados e indivisibles. Se cree en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, así como se es bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Primero se confiesa la fe, que da la salvación (Rom 10,10), siguiendo luego el bautismo como sello de nuestro asentimiento. Por lo demás, se recibe a la vez «el agua y el Espíritu» (Jn 3,5), por ser doble la finalidad del bautismo: destruir «el cuerpo del pecado» (Rom 6,6) para que no produzca más «frutos de muerte» (Rom 7,5; Gál 5,19-21), y vivir en el Espíritu (Gál 5,16.25; Rom 8,13-14) para dar «frutos de santidad» (Rom 6,22; Gál 5,22). El agua, recibiendo al cuerpo como en un sepulcro, ofrece la imagen de la muerte; el Espíritu nos insufla la fuerza vivificante, sacando al alma de la muerte del pecado, para renovar en nosotros la vida del origen. Por el Espíritu se realiza el restablecimiento en el paraíso, el ascenso al Reino de los cielos y el retorno a la filiación divina. Por medio de El podemos llamar a Dios «Padre nuestro»11.
Al testimonio de San Basilio podemos añadir el de Tertuliano:
Y después -de ser inmersos en el agua- se nos impone la mano con una oración de bendición, para invocar e invitar al Espíritu Santo. Esta imposición de manos deriva de un rito sacramental muy antiguo: aquel, con el que Jacob bendijo a sus nietos Efraín y Manasés, hijos de José, cruzando sus manos mientras se las imponía sobre la cabeza (Gén 48,14). Aquellas manos, puestas una sobre la otra en forma de cruz, debían prefigurar evidentemente a Cristo y pre-anunciar ya entonces la bendición, que habíamos de recibir en Cristo. En aquel momento desciende del Padre el Espíritu, para venir sobre los ya purificados y bendecidos. El descansa sobre las aguas del bautismo, como si en ellas reconociera su primordial morada (Gén 1,2), tanto más cuanto que quiso ya descender sobre el Señor en forma de paloma (Mc 1,10p; Jn 1,32) -ave caracterizada por su sencillez e inocencia, privada incluso de hiel- para mostrar la naturaleza del Espíritu Santo. Por eso dijo el Señor: «Sed sencillos como palomas» (Mt 10,16). Lo que se relaciona también con una prefiguración antigua: después que las aguas del diluvio purificaron la antigua maldad humana, -es decir, después del bautismo del mundo-, la paloma fue la mensajera enviada a anunciar a la tierra que la ira de Dios se había calmado, regresando con un ramo de olivo (Gén 8,10-11), símbolo de paz hasta entre los paganos. Análoga es la situación del bautismo, pero con efectos espirituales: La paloma -el Espíritu Santo- vuela sobre la tierra -nuestro cuerpo que emerge del agua bautismal después de una vida de pecado- y lleva consigo la paz de Dios, porque ha sido enviada desde el cielo a la Iglesia, prefigurada por el arca12.
Con razón San Pablo llama al Espíritu Santo Espíritu de santificación (Rom 1,4). Los Padres lo desarrollarán después diciendo que la santidad consiste en la presencia del Espíritu Santo en el creyente, que lleva como consecuencia la inhabitación de la Trinidad en él. El Espíritu Santo nos santifica infundiéndonos el espíritu filial en relación con el Padre e incorporándonos al Hijo como hermanos y miembros de su Cuerpo. Y Jesús mismo nos dijo: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito» (Jn 16,7):
Esto significa que ya se había cumplido el plan de salvación de Dios en la tierra, pero convenía que llegáramos a participar de la naturaleza divina del Logos, es decir, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y santidad. Esto sólo podía realizarse mediante el Espíritu Santo. Mientras Cristo vivía corporalmente entre sus fieles, se les mostraba como dispensador de todos los bienes; pero al llegar la hora de regresar al Padre celeste, continuó presente entre ellos (Mt 20,20; Mc 16,20) mediante su Espíritu, habitando por la fe en sus corazones (Ef 3,17). Poseyéndolo de este modo, podemos invocar confiadamente «Abba, Padre» y afrontar con valentía todas las asechanzas del diablo y las persecuciones de los hombres, contando con la potente fuerza del Espíritu. El es quien transforma y traslada a un modo nuevo de vida a los fieles, en quienes habita (1 Cor 3,16; 6,19; Rom 8,11), Así lo testimonian el Antiguo y el Nuevo Testamento. Así Samuel dijo a Saúl: «Te invadirá el Espíritu del Señor y te convertirás en otro hombre» (1 Sam 10,7); y San Pablo: «Todos nosotros que, con el rostro descubierto, reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos, conforme a la acción del Señor, que es Espíritu» (2 Cor 3,18). Del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas celestiales; de la cobardía y timidez, nos guía hasta la valentía e intrepidez de espíritu..., como vemos en los discípulos que, animados por el Espíritu, no se dejaron vencer por los ataques de los perseguidores13.
En la Confirmación, con la imposición de las manos, se da el Espíritu Santo «para que el cristiano confiese el nombre de Cristo. Por eso es ungido en la frente -asiento de la vergüenza- para que no se avergüence de confesar el nombre de Cristo y en particular su cruz, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos»14.
La Iglesia, fiel creyente gracias al Espíritu que viene en ayuda de nuestra debilidad, en la Liturgia eleva a Dios Padre todas su oraciones «por Jesucristo, nuestro Señor, en la comunión del Espíritu Santo», concluyendo su Gran Plegaria en toda Eucaristía con la única doxología posible:
Por Cristo, con El y en El
a Ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
Y, por lo demás, tanto en la liturgia eucarística, en la liturgia de las horas y en toda oración, la Iglesia no se cansa de alabar al Dios Uno y Trino:
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

4. QUE HABLO POR LOS PROFETAS
En el lenguaje bíblico, espíritu significa, en primer lugar, viento, impulso, aliento de vida. El Espíritu de Dios es, por tanto, el impulso y aliento de la vida: es el que todo lo crea, cuida y conserva en vida. Y, por encima de todo, es el que actúa en la historia, recreando la vida. En el Antiguo Testamento actúa sobre todo por medio de los profetas. De aquí la nota que recogen casi todos los Credos: «Habló por los profetas»:
«La Iglesia recibió de los Apóstoles y de sus discípulos la fe en un solo Dios, Padre omnipotente... y en un solo Jesucristo, el Hijo de Dios ...y en el Espíritu Santo, quien por los profetas anunció los designios de la salvación, las dos venidas, el nacimiento de la Virgen, la pasión, la resurrección de entre los muertos, la ascensión al cielo en carne del amado Jesucristo, nuestro Señor, y su retorno del cielo en la gloria del Padre, para «recapitular en Sí todas las cosas» (Ef 1,10) y restaurar la carne de toda la humanidad ...Este es el Símbolo, fundamento del edificio y la construcción de la vida: Dios Padre ...,el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo... y el Espíritu Santo, por medio del cual profetizaron los profetas, fueron instruidos los padres en la ciencia de Dios y los justos fueron guiados por la senda de la justicia, el cual -al final de los tiempos- fue infundido de modo nuevo sobre la humanidad, por toda la tierra, renovando al hombre para Dios ...Pues quienes recibieron y llevan el Espíritu de Dios son conducidos al Hijo, acogiéndolos Este y presentándolos al Padre, que los hace incorruptibles. De ahí que sin el Espíritu no es posible conocer al Hijo de Dios, y sin el Hijo nadie puede acercarse al Padre, ya que el Hijo es la Sabiduría del Padre (1 Cor 1,24), y la ciencia del Hijo es dada por el Espíritu Santo (1 Cor 2,6- 14)15.
El Espíritu Santo, don y amor de Dios en persona, nos revela la verdadera realidad de la creación y el sentido de la historia. A su luz, el creyente descubre que nada es superfluo ni trivial. Todo es don y gracia. Cosas y acontecimientos se transforman en huellas de Dios y de su Espíritu. Descubrirlo es sumergirse en el gozo del Espíritu y vivir en acción de gracias continua. La vida se hace bendición y eucaristía.
Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos para que reciban el Espíritu Santo (Jn 20,21). Este soplo de Jesús simboliza al Espíritu, que El envía, como principio de la nueva creación16; su presencia sobre toda carne, sobre grandes y pequeños, jóvenes y viejos, judíos y gentiles (Jl 3,1- 2; He 2,17-18) es el signo del comienzo del mundo nuevo y de la misión de la Iglesia.
Esto es vivir en la gracia de Dios, como nueva criatura, contemplando cómo «pasa lo viejo y surge cada día todo nuevo» (2 Cor 5,17; Gál 6,15). La gracia de Dios no es sino la experiencia de que por el Espíritu Santo el amor de Dios se derrama en nuestros corazones (Rom 5,5). La presencia viva del Espíritu en el creyente crea la presencia y comunión con el Padre y con el Hijo (1 Cor 3,16; 6,19; 2 Cor 6,16; Jn 14,23). Así somos incorporados a la vida y al amor de Dios Trino, participando de su divinidad.
El Espíritu nos otorga este gozo de la unión con Dios, haciéndonos experimentar nuestra filiación divina en lo más íntimo de nuestro espíritu: «El Espíritu y nuestro espíritu en acorde sintonía nos testimonian que somos hijos de Dios» (Rom 8,16), suscitando en nosotros el clamor inefable y entrañable: <c¡Abba, Padre!» (Rom 8,15): «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: !Abba, Padre!» (Gál 4,6).

5. DADOR DE VIDA
El Espíritu Santo es don de la nueva vida. Don del Padre y del Hijo. Por El confesamos a Jesús como Señor (1 Cor 12,3) y podemos decirAbba, Padre (Rom 8,15; Gál 4,6). Cuando Dios nos da su Espíritu se nos da a Sí mismo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado» (Rom 5,5). Por el don del Espíritu recibimos la unión con Dios, participamos en su vida, somos hijos de Dios, con su misma naturaleza (Rom 8,14).
Esto es posible gracias a que el Espíritu Santo, don del Padre y del Hijo, es El mismo Dios. No es sólo don, sino DADOR de vida. No es sólo fuerza de Dios que nos permite actuar, sino Dios dándosenos. No es algo, sino Alguien. Por ello, «distribuye sus dones como quiere» (1 Cor 12,11); enseña y trae a la memoria (Jn 14,26); habla y ora (Rom 8,26-27). Podemos, no sólo perderle, sino también «contrastarlo» (Ef 4,30). Los Padres insistirán en ello, repitiendo que «si El Espíritu Santo no es Dios, Persona como el Padre y el Hijo, entonces tampoco puede darnos la unión con Dios ni hacernos partícipes de la vida de Dios. El Espíritu Santo es don de Dios en persona; El es el Dador de la vida divina.
Al narrarnos el Evangelio el descendimiento del Espíritu Santo en forma de paloma hace referencia al simbolismo del Antiguo Testamento (Os 11,11; Sal 68,14s) y a la tradición judía17. El Espíritu dará vida a un nuevo pueblo de Dios, la comunidad mesiánica, la Iglesia. El bautismo es un Pentecostés individualizado: el Espíritu desciende sobre cada bautizado que la Iglesia acoge en su seno (He 2,38-39; 8,17). «En el bautismo, en efecto, el hombre recibe aquel Espíritu de Dios, que en la creación le infundió el hálito divino (Gén 2,7) y que luego perdió por el pecado»18. Desciende en medio de la persecución, para que los «apóstoles prediquen el Evangelio con valentía» (He 4,31), «enseñándoles en el momento lo que han de decir» (Lc 12,11-12). Irrumpe sobre los que escuchan esta palabra (He 10,44; 19,6).
Con razón se dice que el Espíritu Santo «os enseñará todo», porque si el Espíritu no asiste interiormente al corazón del que oye, de nada sirve la palabra del que enseña. Por tanto, nadie atribuya al hombre que enseña lo que de sus labios entiende, porque si no acude el que habla al interior, en vano trabaja el que habla por fuera19.
Los Apóstoles reciben el Espíritu «para perdonar los pecados»:
Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados. (Jn 20,21s).
En la absolución sacramental de la Iglesia seguimos confesando que «Dios, Padre de misericordia, ha reconciliado consigo al mundo por la muerte y resurrección de Jesucristo y ha enviado al Espíritu Santo para el perdón de los pecados», es decir, para hacer actual en el hoy sacramental de la Iglesia la obra de reconciliación con el Padre cumplida en Jesucristo de una vez para siempre:
Negar al Espíritu Santo como Dios es una blasfemia no perdonable ni en el siglo presente ni en el juicio futuro, según dice el Señor (Mt 12,32). ¡Jamás obtendrá la indulgencia, que salva, quien no tiene Abogado (Jn 14,16.26; 15,26; 16,7) que pueda patrocinarle, pues por El existe la invocación del Padre (Gál 4,6; Rom 8,15-16), por El son las lágrimas de los penitentes, por El son los gemidos de los que suplican! (Rom 8,26). Nadie puede decir «Jesús» sino en el Espíritu Santo (1 Cor 12,3), cuya omnipotencia es común con el Padre y con el Hijo20.
El Espíritu penetra, llena y mueve a cada cristiano (Rom 8,5-17). Renueva la existencia del creyente, siendo para El el ámbito o esfera de una vida nueva, en contraposición a la vida «en la carne» (Gál 5,19-25; Rom 8,5). Al habitar en el creyente (Rom 8,11) es para él prenda o arras de la gloria futura (2 Cor 5,5;Rom 8,23). «Es de Cristo, en realidad, quien posee el Espíritu de Cristo» (Rom 8,9). A cada creyente hace partícipe de sus dones, pero siempre para la «edificación de la asamblea» (1 Cor 14,12; 12,7).
El Espíritu Santo, Dador de vida, opera una apertura en el creyente hacia Dios, enseñándole a orar (Gál 4,6; Rom 8,15-16.26-27), una apertura hacia los hombres, pues la libertad que engendra -«donde está el Espíritu hay libertad» (2 Cor 3,17)- es capacidad de servicio y donación (Gál 5,13) y una apertura o dilatación del propio corazón, liberándole del círculo angustioso del temor a la muerte, con «los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, fidelidad, amabilidad, dominio de sí, contra los que ya no hay ley alguna» (Gál 5,16-17). Este se rige por el Espíritu, que le guía con sus siete dones: «Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de piedad, y Espíritu de temor de Dios» (Is 11,2-3). Sólo necesita no contristarlo, pues está escrito: «No contristéis al Espíritu Santo, con el que fuisteis sellados para el día de la redención» (Ef 4,30). Pues «si el Espíritu que resucitó de entre los muertos permanece en vosotros, quien resucitó a Cristo de entre los muertos hará vivir también vuestros cuerpos mortales mediante el Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11).
El es el Don de Dios (He 8,20; Jn 4,10; 7,38ss) por ser dado a quienes, por su medio, aman a Dios; es Dios en Sí y don con respecto a nosotros. Es Don y dador de dones (1 Cor 12,4-11.28-30; Rom 12,6-8; Ef 4,7-11): reparte las profecías (2 Pe 1,20s; 1 Cor 12,28; Rom 12,6) y el poder de perdonar los pecados, ya que no se perdonan los pecados sin el Espíritu Santo (Jn 20,22s).
Es llamado también Caridad, por unir a aquellos de quienes procede y ser uno con ellos, y por obrar en nosotros el que permanezcamos en Dios y Dios en nosotros. De aquí que ningún don de Dios supera al de la caridad (1 Cor 12,31-13,13), no habiendo mayor don divino que el Espíritu Santo (Jn 4,10-11; Lc 11,9-13). El es, propiamente, caridad, aunque también lo son el Padre y el Hijo.
En el Evangelio es designado también Dedo de Dios, pues si un Evangelista dice «Con el dedo de Dios arrojo los demonios» (Lc 11,20), otro lo expresa, diciendo: «Con el Espíritu de Dios arrojo los demonios» (Mt 12,28). De ahí que cincuenta días después de la muerte del cordero pascual fue dada la Ley escrita por el dedode Dios (Ex 31,18; Dt 9,10), descendiendo igualmente el Espíritu Santo cincuenta días después de la pasión de nuestro Señor (He 1,3; 2,1). Se le llama dedo para significar la fuerza de sus acciones junto con el Padre y el Hijo; Pablo, en efecto, afirma que «todo lo opera el mismo y único Espíritu, distribuyendo sus dones a cada uno según su voluntad» (1 Cor 12,11). Y como por el bautismo morimos y renacemos con Cristo, también entonces somos sellados por el Espíritu (2 Cor 1,22; Ef 1,13; 4,30), por ser el dedo de Dios y el sello espiritual.
Se le llama además paloma (Mt 3,16p), fuego (He 2,3-5), agua (Jn 7,37-39) y unción (1 Jn 2,20). Con El fue ungido nuestro Señor de quien se dice que «fue ungido con óleo de exultación» (Heb 1,9; Sal 44,8), es decir, con el Espíritu Santo21.
Y todas estas manifestaciones del Espíritu Santo son tan sóla primicia de la gloria futura (2 Cor 1,22; Ef 1,14). Son sólo comienzo y la anticipación de la plenitud de la vida prometida. Esto hace del Espíritu la garantía de la esperanza y la fuerza de una vida fundada en la esperanza segura:
Ahora recibimos sólo una parte de su Espíritu, que nos predispone y prepara a la incorrupción, habituándonos poco a poco a acoger y llevar a Dios. El Apóstol define al Espíritu «prenda», es decir, parte de aquel honor, que nos ha sido conferido por Dios: «En Cristo también vosotros, después de haber oído las Palabras de la verdad, el Evangelio de nuestra salvación, habéis recibido el sello del Espíritu de la promesa, que es prenda de nuestra herencia» (Ef 1,13-14). Si, pues, esta prenda, que habita en nosotros (Rom 8,9; 1 Cor 6,19), nos hace espirituales y gritar «Abba, Padre» (Rom 8,15; Gál 4,6), ¿qué sucederá cuando, resucitados, le veamos cara a cara? (1 Cor 13,12; 1 Jn 3,2). Si ya la prenda del Espíritu, abrazando en sí a todo el hombre, le hace gritar «Abba, Padre», ¿qué no hará la gracia plena del Espíritu, cuando sea dada a los hombres por Dios? ¡Nos hará semejantes a El y realizará el cumplimiento del designio de Dios, pues hará realmente «al hombre a imagen y semejanza de Dios«! (Gén 1,26)22.
.................
1. SAN JUSTINO, 1ª Apología 61,10. Cfr. H. MUHLEN, El Espíritu Santo en la Iglesia, Salamanca 1974; JUAN PABLO II, Dominum et Vivificantem, Ciudad del Vaticano 1986; Y.M.-J. CONGAR, El Espíritu Santo, Barcelona 1983. C. VATICANO II, LG n.4; DV n.7-10; AG, n.1-2; PO n.5...
2. SAN BASILIO, De Spiritu Sancto, 22-47.
3. SAN AGUSTIN,Sermones 214,10; 215,8; De Trinitate 14,7; 6,13; IV 20,29; XV 26,45; De Fide et Symbolo IX 16,20...
4. Cfr. L. BOUYER, Le Consolateur. Esprit-Saint et vie de gráce, París 1980.
5. R.E. BROWN, El Evangelio según San Juan, Madrid 1979. II, p.1528.
6. SAN IRENEO, Adversus Haereses, III, 24,1.
7. B. BOTTE, Hippolyte de Rome: La tradition apostolique, París 1968, p. 86. 
8. SAN CIPRIANO, De Oratione Domini 23.
9. TERTULIANO, De Baptismo 5,7-8,4.
10. Th. CAMELOT, Símbolos de la fe, SM VI, 359-366. 
11. SAN BASILIO, De Spiritu Sancto, 22-47.
12. TERTULIANO, De Baptismo, 8,4; SAN CIRILO DE JERUSALEN, XVI-XVII. 
13. SAN CIRILO DE ALEJANDRIA, Epístola 55; In Ioan IX-X.
14. II Concilio de Nicea, Denz 302.
15. SAN IRENEO, Adversus Haereses III,24,1; I,10,1; Exposición, 6,10.
16. Gén 1,2; 2,7; Ez 37,9; Sab 15,11; Jn 1,33; 14,26; 19,30; Mt 3,7.
17. 4 Esdras 5,25-27; Oda 24 de Salomón.
18. TERTULIANO, De Baptismo 5,7-8,4.
19. SAN GREGORIO MAGNO, In Evangelium Homilia 30,3-9.
20. SAN LEON MAGNO, Homilías 75,3-4; 76,2; 75,5.
21. SAN ILDEFONSO DE TOLEDO, Homilías 76,2; 77,1-3.
22. SAN IRENEO, Adversus Haereses V 8, 1-2.
EMILIANO JIMÉNEZ
EL CREDO, SÍMBOLO DE LA FE DE LA IGLESIA
Ediciones EGA, Bilbao 1992, págs. 143-156